“Hace mucho, le dije mientras se sentaba en mi regazo,
allá en China, les ataban los pies a las mujeres para
que no crecieran…
Eso sucede aún en todo el mundo.
no son los pies lo que atan;
es la mente, y hay mujeres que aceptan
y mujeres que no”
-Claribel Alegría-

La violencia contra las mujeres en nuestro país se presenta de forma cotidiana como un conjunto de anécdotas y de experiencias, a veces alarmantes, a veces contabilizadas o representadas en cifras y, otras veces, naturalizadas, justificadas o vueltas rutina en la mayoría de los casos. No hay día que no regresemos a nuestras casas sin haber padecido algún tipo de violencia y que, sin embargo, tengamos que conformarnos con sobrevivir. 

Ser mujer en un mundo de hombres no es fácil en ningún sistema político, época, país o cultura. Esto se debe a que todo lo que nos es permitido o prohibido en la infancia y adolescencia, desde la posibilidad de estudiar y las oportunidades de trabajo, hasta nuestro desarrollo en distintos ámbitos, se articula para recordarnos que hemos nacido mujeres. Todas las ideas de cómo debe de ser una mujer se van impregnando y reproduciendo conforme se crece. A esto, en pocas palabras, se le llama “género”.

Desafortunadamente las mujeres no reconocemos todo lo que el género impone. Como dice la escritora Francesca Gargallo, “se nos van imponiendo identidades, una mujer es femenina o no es mujer, es madre o no es mujer, está casada o no es mujer”. La capacidad de disponer de nosotras mismas es un problema de libertad y autonomía. Nuestra autonomía ha sido históricamente limitada desde diferentes flancos. Se han creado instituciones como la familia y el matrimonio que funcionan como auténticos dispositivos de control sobre nuestras disposiciones. Se intenta invalidar nuestros propios cuerpos y nuestras formas de ser mujeres al grado que muchas de nosotras ni siquiera creemos tener las herramientas necesarias para autocuidarnos.

Desafortunadamente muchas mujeres no quieren reconocer estos planteamientos porque hacerlo las obligaría a redefinirse. Se niegan también a admitir que algunas pueden escapar de aquello que les es asignado como su destino. Sin embargo, debido a la imposición el sistema llamado género, a las mujeres se nos siguen negando derechos en beneficio del poder y el privilegio de los que goza lo masculino. Es por eso que construir nuestra autonomía implica visibilizar aquellos factores que nos han despojado de nuestro cuerpo, decidir si los trascendemos o no, pero todo a partir de una decisión propia para poder ejercer el autocuidado.

El autocuidado es vital para prevenir infecciones de transmisión sexual como el VIH. Sin embargo, ¿cómo ejercerlo si se nos ha enseñado que nuestro cuerpo no nos pertenece, que otro u otra debe cuidarlo, disponer de él? Nos sentimos tan desvalorizadas que pensamos que si exigimos el uso del condón tendremos entonces una pérdida de afecto, de confianza, de privilegio. Un efecto del miedo a responsabilizarnos por el cuidado de nuestros cuerpos es que hay mujeres que tienen VIH pero no lo saben porque confían en que su pareja ha cuidado de ellas y que, por lo tanto, jamás podrán adquirir VIH. Pero la realidad es diferente. Esta falta de percepción de riesgo muchas veces desemboca en diagnósticos tardíos. 

Desde que se reportó el primer caso de VIH en México en 1983 hasta el 2019 se han registrado 93,813 personas con VIH, de las cuales 78.% son hombres y 21.5% son mujeres. Sí bien hoy sabemos que el VIH ha pasado de ser un padecimiento incurable y mortal a una condición de salud crónica y tratable gracias al diagnóstico oportuno, a los antirretrovirales, al trabajo de las organizaciones civiles y a los derechos conquistados por las personas con VIH, esto no ha sido suficiente. El virus sigue propagándose y continúa presente en poblaciones en situación de vulnerabilidad y con mayor exposición como lo han sido las mujeres en virtud de tres factores: la desigualdad, la discriminación y la violencia. 

Las mujeres se enfrentan sistemáticamente a obstáculos legales, económicos y sociales que las colocan en situaciones de riesgo de adquirir el VIH. Estas situaciones impiden que se protejan a sí mismas exigiendo el uso condón, que se perciban en riesgo, que se les ocurra que podrían tener el virus o incluso que prueban llegar a pensar que su pareja pueda ser bisexual. Esto desemboca en que no sientan nunca la necesidad de hacerse una prueba de VIH y que, en caso de tener el virus, su diagnóstico sea muchas veces tardío. 

En el tema de VIH y mujeres quedan varios temas pendientes: 

  • A nivel Estado se nos deben de garantizar protocolos de protección y atención ante cualquier tipo de violencia a la que estemos expuestas.
  • Se debe contar con un protocolo efectivo para las mujeres que sufrieron una violación sexual y que, al llegar a hospitales públicos o privados, sean atendidas de una forma sensible e integral. Esto no es fácil ya que en estos servicios no existe personal con la capacidad de atención a la violencia y además no se articulan con quienes tienen la experiencia en atención de casos como estos. 
  • Los gobiernos deben de comprometerse a detectar, registrar, y responder a la violencia contra las mujeres en todos los servicios de salud, especialmente en los servicios de VIH con un enfoque integral en todos los niveles de atención en el ámbito legal, social, y sanitario, asegurando mecanismos eficaces de denuncia y acceso a la orientación y la protección de las mujeres en situación de violencia. 
  • El Estado debe de aplicar perspectivas de género y de derechos humanos en protocolos de atención de salud que aseguren que todas las necesidades de la diversidad de mujeres, incluidas las que tiene VIH, se aborden de forma que se eliminen la discriminación y la estigmatización. 
  • Incluir la prevención y el cuidado continuo en la atención del VIH en los protocolos de violencia contra la mujer, asegurando el acceso a la prueba del VIH para todas las mujeres y niñas que sufren violencia; así como garantizar el acceso a los tratamientos antirretrovirales cuando una mujer es referida a un albergue.
  • El gobierno debe atender todas las consecuencias de salud, incluidas las consecuencias físicas, mentales, sexuales y reproductivas de la violencia contra las mujeres mediante la provisión de servicios accesibles de atención médica que respondan al trauma e incluyan la promoción de medicamentos accesibles, seguros, eficaces y de buena calidad, el tratamiento de las lesiones y la salud psicosocial y mental, la anticoncepción de emergencia, el aborto seguro, la profilaxis post exposición a VIH, el diagnóstico y el tratamiento de las infecciones de transmisión sexual; además de la formación de profesionales de la salud para identificar y tratar a las mujeres en situación de violencia y poder referir a las instancias pertinentes para la atención a dicha violencia.  
  • Eliminar las desigualdades basadas en el género y la violencia, aumentando la capacidad de las mujeres y adolescentes para protegerse del riesgo de adquirir VIH, así como el pleno acceso a la información y educación integral, asegurando que las mujeres puedan ejercer su derecho a tener control sobre las cuestiones relativas a su sexualidad, a su salud sexual y reproductiva, a decidir libre y responsablemente, sin coerción, discriminación ni violencia.

Por último, cabe recalcar que las mujeres no somos vulnerables, en el sentido de que la vulnerabilidad no está en nuestra esencia. No nacemos vulnerables. Es el entorno social el que nos vulnera. Por ejemplo, la falta de espacios seguros, el pobre acceso a la justicia, a la información, a servicios de salud integrales o la falta de reconocimiento de derechos, es lo que nos posiciona en una situación de desventaja. Es así que creer que las mujeres son vulnerables por naturaleza, por el simple hecho de ser mujer, orilla a que seamos visualizadas como sujetas sin derechos y con la probabilidad de ser violentadas.

Si bien cada una de nosotras, de manera individual, debe ir trabajando en la recuperación de nuestro cuerpo y autonomía, no hay que perder de vista que la violencia también es estructural, que no tiene que ver con nosotras sino con el sistema en el que vivimos y cómo somos miradas por los demás. Si no avanzamos en estos aspectos y seguimos mirando por separado el tema del VIH y la violencia, poco se atenderá y disminuirán los casos tanto de violencia como de atención oportuna en VIH. 

¿DEBO HACERME LA PRUEBA?
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